Serpientes en el avión, Fuego en el ascensor

 

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Algunos actores nacieron para interpretar un tipo de cine de acción algo costumbrista y de situación, y eso es válido tanto en el caso de Samuel L. Jackson, que se vio un día rodeado de serpientes a 30.000 pies de altura, como en el de nuestro protagonista de hoy. Son intérpretes con películas malas y otras reguleras, pero serán recordados por aquellas en las que acertaron en todo, en las que los colocaron en el sitio adecuado y pudieron soltar su frase y fruncir su mueca. Javi Fuego tiene algo de eso. Aunque el tiempo dirá si el metraje del que él es el transportista narrativo será considerado de serie B o un clásico a la altura de las de Peckinpah. Pero seamos optimistas, que siempre viene bien: Javi tiene la mirada lírica de todo un Warren Oates cuando se enfrenta a la crudeza con la que trata el fútbol a los que son de su estirpe. Tiene esa mirada triste, limpia y algo torva de quien está condenado. Incluso a veces pone cara de Bronson, y en esos momentos sabes que la partida será de los suyos. Javi Fuego tiene mucho del antihéroe y por eso sabe que al final de la película probablemente recibirá algún tiro. O al principio. Lo saben sus compañeros y lo sabe su entrenador, que no descarta tener que charlar con el moribundo y acabar cargando su cuerpo atado a la grupa de un caballo.

Son gajes del oficio. Él lo sabe, como lo saben todos los personajes trágicos.

El papel de Fuego en el Valencia de Nuno es el de sostén táctico de todo lo que ocurre en el eje. Sin él no hay salida de balón, sin él no hay defensa. Ni escalonamiento. Ni gestión del espacio en el repliegue. Javi se aparece con su gabardina duster y los pies bien plantados el firme donde haya fuego cruzado. A sus costados quedan los dos centrales. Otamendi te mira de reojo, sonríe y escupe al suelo. Otamendi te asusta, pero Fuego es el que se interpone, el que recibe los balazos y sólo se queja, quedamente, después del tiroteo.

  • ¡Le han herido, señor Fuego!
  • Tranquilo, Jimmy, no tiene importancia. Admiremos éste bello atardecer…
  • ¡Llamaré al doctor del pueblo!
  • Jimmy, siéntate a mi lado. ¿Un pitillo?

Y cuando no se prepara para morir con un cigarro en la boca , Fuego se dedica a darle sentido a una doble posición dentro de un esquema 4-3-3. Porque aunque no se pega con jodidas serpientes en un avión libra sus batallas en un ascensor posicional.

Veamos: el Valencia se basa en que dos de sus centrocampistas, Parejo y Gomes, abarcan los dos carriles interiores del terreno de juego. Eso son los dos espacios que quedan entre la banda y una línea vertical imaginaria de portero a portero. Además, estos dos cuatreros se escalonan cuando presionan y cuando tienen el balón. Vamos, que la lían muchísimo y son vitales para entender el nivel competitivo de los de Nuno. Pero estos dos muchachos no son nada sin la presencia de un líbero y de una figura que voy a llamar “ascensor posicional” con el mero pretexto de que me cuadre con el título. Y, evidentemente; ese ascensor, ese líbero y ese héroe trágico es Javi Fuego.

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¿Cómo lo hace? Nuestro centrocampista no es un jugador manco con el balón en los pies, pero en este caso ha sistematizado su juego y lo ha simplificado al máximo para ponerlo al servicio del equipo. Su fijación es tan clara que a veces, cuando se encuentra un balón en una situación para la que no está condicionado, lo entrega sin ideas en la cabeza.

En la fase inicial del juego, que pongamos que es la salida desde atrás o la recuperación, Javi Fuego retrasa su posición y permite a los centrales abrirse y ocupar zonas que bordean los dos carriles. Los laterales pasan a ser atacantes de banda y el movimiento empuja el equipo hacia adelante y lo proyecta de cara a la profundización en pocos toques o a la presión intensa si el balón se rifa. Cuando el juego pasa a ser de ataque posicional, en cambio, sube un par de pisos y se desentiende de la circulación. Su misión en ese momento es la de morder o replegar ante pérdida. Si decide morder y achica, lo tiene que hacer forzando el pase atrás (y lo suele conseguir), de manera que puede volverse a subir al ascensor y pulsar el botón que marca el -1. Un viaje rápido, muy rápido, al sótano del edificio. Repliegue intenso. Una vez Fuego se incrusta entre centrales, fuerza una situación en la que el 3 para 2 a la altura de la frontal genera ventajas como es la de cerrar la puerta a casi todos los ataques por el centro y mantener un hombre libre que refuerza la intensidad de la marca sobre los atacantes.

Nuno maximiza lo que se ha revelado como una virtud y el principal argumento narrativo del futbolista: su ubicuidad cuando se desentiende del balón en fase ofensiva. Javi se pasa los partidos pensando cual es el mejor lugar para interceptar o frenar una contra y como eso ocurre en la fase del juego que menos domina, el resultado es que un sólo jugador puede sostener con sus elecciones un escalonamiento muy marcado, un equipo muy estirado en el que la asimetría es más fácil y efectiva. Y eso no es todo, ya que Fuego es la herramienta perfecta para plantear variantes tan atractivas como un 3-4-3 con un par de movimientos y pericia del mediocentro.

Aún así, ya se sabe que el tipo entrometido nunca acaba bien del todo. Lo sabemos bien. En un momento que no esperamos del todo recibe una herida mortal. A Fuego le pasa: depende a veces demasiado del éxito la segunda jugada. Sus movimientos exigen el a priori de la presión efectiva de sus compañeros y que por lo tanto se den recuperaciones efectivas. De otro modo, las bandas quedan desprotegidas y la basculación deviene un dolor de cabeza. Los centros laterales abren brechas y el conjunto se vuelve rígido por el repliegue excesivo. Como pasó con la Real Sociedad hace una semana. El brillante sistema defensivo de Nuno, mutante entre varios dibujos y capaz de variar muy rápidamente de registro pierde rigor y se olvida de sí mismo y su principal narrador no cambia el discurso. Sabemos que es un héroe trágico y que no puede cambiarlo. Así que sigue enfrentándose a sombras, girando sobre sí mismo tras el tercer o cuarto balazo. Interponiéndose en el camino del otro. Sabiendo que va a morir, pegándose con todos en un ascensor en llamas.

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