Mestalla en una magdalena

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El Domingo se desarrollaba plácidamente, dando todo lo que podría dar de sí un día tan lento de 2056 en el suave acontecer de un jubilado de rodillas quejumbrosas y rutinas tranquilas como las mías. Reposando el delicioso cuscús familiar, ojeando la prensa en mi vieja tableta, me dedicaba a la sencilla labor de pensar en la juventud de hoy en día, o en qué podría hacer si fuera joven otra vez. Eran pensamientos circulares, y como tales, volvían siempre inexorablemente a los mismos puntos: a mis achaques, a la mala educación de la gente, a algún asunto indignante de los que nunca faltan…

Normalmente, siempre acompaño mi té con pastas, siendo alguna delicatessen de sésamo una predilección personal. Pero Mourad me hizo saber que hoy se le había acabado todo por la mañana, por lo que se llevó una buena regañina. Por suerte, me dijo, quedaban magdalenas.

Al tercer trago de té, empecé a llorar.

Todavía hoy me cuesta hacerme una idea de cuándo exactamente se hizo la luz, de cuándo se encendieron en mi cabeza los enormes proyectores del estadio, o de cuándo empecé a escuchar a la afición respirar, aplaudir, maldecir, contener la respiración. Pero de golpe volvía a estar allí, volvía a respirar el césped y la humedad pesada, desagradable, que se le pega a uno entre el nylon y la licra. Volviendo a sentir, sorprendido, el peso del dorsal en la espalda. Ese peso sutil, no siempre perceptible… que uno sabe que está ahí porque transpira menos y se pega ligeramente a la piel. El peso de mi propia elección. El escudo…

La sensación, pulsante, disminuyó un poco. Las caras de mis compañeros pasaron de varias docenas a media, se difuminaron. Hasta que, rascándome la calva que hacía tiempo que no rasuraba, volví a concentrarme en mi té. Entonces volvieron. Volvieron zurdos de una finura implacable, de lectura perfecta. Ellos no vivían por mi banda, pero desde mi posición podía observar su arte. Volvieron diestros, desdoblándome una y otra y otra vez. Yo los dejaba hacer, a veces los desatendía y otras les devolvía la pared. Recordando un gallego incansable que hablaba como un andaluz rememoré el prodigio de sus desmarques… y lo irregular de sus centros. Aquello del fútbol me gustaba, se me daba bien. De vez en cuando alguno de ellos – mis compañeros, mi entrenador – me abroncaba si mi mente era más rápida que mis piernas. Eso raramente pasaba, lanzadas como estaban por el peso de mi determinación. Por su inercia. Algo en mí les decía que creyesen, y ellas eran creyentes. Porque, además – eso lo puedo asegurar – también eran rápidas.

Las vi de golpe centrar y golpear, recibiendo no poco castigo. Esas piernas que Dios me dio, por las que recé agradecido una y mil veces. Las vi también que se aventuraban por el centro, cuando nadie se lo esperaba. Entonces tocaba chutar- incluso con la izquierda si hacía falta – y esperar el milagro entre los tres palos. Y temblar. Y postrarse en religiosa agonía. ¿Hacia dónde? ¿Hacia qué Dios? Qué importa eso, cuando se hace por un gol. Tanta gente gritaba en esos momentos que el sonido se desprendía y caía sobre mí como una sábana tibia, como un edredón caliente. Podía sentirlo. A veces el clamor caía más violentamente, a veces de pura desesperación. Con rabia. Otras veces, en cambio, su explosión era más pacífica: era la tercera o cuarta de la noche, y llegaba como llega la felicitación de un comensal satisfecho hacia la cocina del restaurante. Aquello dependía del resultado y de las ganas que les pusiéramos, de quién estuviera en el palco presidencial… Pero el efecto siempre era el mismo: todas esas voces limpiaban las pitadas, se llevaban el dolor y lo aparcaban un tiempo.

Hasta tener que volver a empezar, con el nuevo saque de centro.

¿Qué me estaba pasando?

Entonces lo entendí: eran las magdalenas. Cada vez que mojaba una magdalena en miniatura en mi taza y la posaba sobre mi lengua, mi cabeza me traicionaba. Probé la mescalina una vez en mi vida, una broma pesada de Yacine cuando éramos muy jóvenes. Nadie me había drogado hoy, aunque mi mente me traicionaba con visiones nítidas. No me pude contener más.

– Mourad. ¡Mourad!

– ¿Qué le pasa, Sofiane?

– ¿De dónde ha sacado estas pastas? ¿Qué les ha hecho?

– ¿Pastas? ¿Las mini-magdalenas? Pues del súper, Soso, del súper. ¿Les ocurre algo?

– No, nada, Mourad. No les ocurre nada. Es que, no sé por qué, pero me han traído muchos recuerdos.

– Pues son magdalenas normales… del súper. ¿Se encuentra bien?

– ¿Yo? Yo, pues la verdad…

Al no saber qué decir, volví a mojar una mini-magdalena en el té, esta vez saboreándola como si mi boca fuese un filtro de carbón activo. Con meticulosidad absorbí toda la intensidad de los recuerdos que volvieron para golpearme. Y vi Mestalla. Y vi su gente coreando mi nombre. Los vi corriendo hacia mí cuando salía del estadio, después de un Trofeo Naranja. Aquella plaza eterna, que queríamos dejar a un lado y que luego se nos presentó, irresistible toda ella, con sus mudas nuevas. Y cómo enamoró entonces, con su vestido chillón. Cómo volvió a levantar pasiones y a alimentar sueños inconfesables… ¿Me encontraba bien, Mourad? Me encontraba fabulosamente bien: tanto, que creo que pude llegar a llorar. Ahora estaba en Valencia, ahora en Brasil haciendo temblar a toda Alemania. Ahora me inventaba una jugada de pura fe. E incluso pude recordar con claridad aquella tarde de Noviembre, contra aquellos vascos, contra el Athletic…

Malditas magdalenas y su carga de historias. Las carga el diablo, aún con relleno de fresa.

 magdalenas feghouli

Una respuesta

  1. Un tipo 13/11/2014 Reply

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