Lo que le debemos a la novia de Piatti

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Es habitual en el mundo del fútbol, tanto desde los estamentos “intelectuales” como desde la grada, forrada en cáscaras de pipas, despreciar la sencillez de un jugador que posea pocos recursos. Al jugador, cada vez más, se le exige poseer atributos técnicos variados y la capacidad de brillar en diferentes registros. Así, el delantero rematar bien con sus dos piernas, o jugar en el centro y en la banda; el central debe ser táctico y a la vez poseer buena técnica de tackle, y lucirse si lo ponen en la banda; el mediocentro, siguiendo la misma línea, se debe a la improvisación sin fallo, al dominio del perfil diestro y zurdo… y podríamos seguir así hasta cansarnos. Desde que llegara la nueva hornada de jugadores modernos en la década pasada, parece que nos hayamos olvidado del jugador que sabe hacer tres cosas bien, o a lo sumo cuatro, pero que las hace de maravilla. Ahora a estos chicos los consideramos planos, limitados, si no directamente mediocres. Poco parece a veces importarnos que en el fútbol siempre prime y primará el contexto, y que es éste el que marca la vida del jugador. Dale el contexto adecuado al jugador correcto y brillará. A veces más fugazmente, a veces con menos intensidad de la esperada… pero el resultado siempre será positivo. Aún así, nosotros nos resistimos a aceptarlo, hasta con los mejores y más completos. Nos hemos vuelto exigentes, sibaritas. Queremos ver, por así decirlo, futbolistas por encima de un contexto concreto. Y esa habilidad la tienen unos, pero no muchos otros.

El fútbol es caprichoso, y he aquí que siempre nos depara un escenario demasiado rico para cerrarse en banda. Todos conocemos ejemplos de jugadores desequilibrados, a veces especialistas, o sin una habilidad global rompedora pese a sus incontestables aportaciones. A veces hemos sido ese futbolista. Hasta diría que, por lo general, hemos sido ese jugador. ¡Y cuántas veces lo hemos sido, volviendo de una pachanga habiéndola roto ese día! Porque ese jugador la puede romper y debe romperla. Esa es, sin duda, la belleza de éste deporte: el poder brillar con poco, y poder hacerlo desde el patio del colegio hasta en una final de Champions. Y a mí, llamadme loco, me gusta ver ese tipo de jugador triunfando. Y, como tengo un ejemplo muy claro en el Valencia, me apetece encumbrarlo.

Piatti es un jugador que ha sufrido lo indecible en la parte de arriba del fútbol de élite por ser futbolista de cuatro cositas. No tiene pausa, porque le cuesta darla. No tiene pierna derecha, porque los zurdos no la suelen tener. Por no tener, no tiene ni siquiera una posición clara. Está demasiado lastrado por su estatura y percepción del juego posicional para que un entrenador le dé un espacio demarcado en el que él sea el rey. Por otro lado, técnicamente es un jugador amigo del fallo, con porcentajes altos de pérdidas y probaturas inasumibles para la mayoría de perfiles. Por eso siempre dependerá de que otro jugador entre en su espacio y le dé el relevo para seguir atacando en otra parte. Porque Piatti, como Feghouli, es además un jugador enfermizamente dinámico. Pero en Piatti es algo incluso más extremo que en el argelino. No sabe fijar extremo y lateral contrarios esperando el desdoblamiento de un lateral, o conducir pausadamente como haría un mediapunta puro. Se impacienta, sufre, quiere que la cosa vaya mucho más rápido. ¿Y A quién no le ha pasado? Su determinación, férrea cuando el ritmo es frenético, desaparece si hay excesiva pausa. Él sólo sabe hacer una cosa: transitar entre zonas como un demonio enfurecido, y eso, precisamente eso, lo hace rematadamente bien.

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En el cole de los futbolistas el austero profesor solía decirle a Pablo:

– Piatti, aplíquese con pausa, que así me puede filtrar un pase a Daniel. Acà. Espere a Gayacito.

Y él sólo podía responderle:

– Profe, lo intento pero no me sale. Las piernas… me gambetean solas. Cuando intento dar pausa me concentro mucho, cierro los ojos y cuando los abro estoy ya sentado en el pupitre de Paquito Alcácer.

Fue dura, la infancia de Pablito.

Con estos jugadores pasa una cosa que a muchos aficionados les pone nerviosos: suelen hacerlo muy bien en clubes donde la menor exigencia deportiva permite a sus entrenadores maximizar los beneficios de sus jugadores. Obviamente en esos clubes a nadie se le ocurre cuestionar si ese extremo hace todo lo que debería hacer un extremo o si ese mediapunta gestiona el juego posicional en posesión. Hacer eso es condenarse al descenso, así que al jugador desequilibrado se le encuentra un sitio, y ahí, brilla. Además, en esos contextos el juego sin balón tiene otra importancia. Eso fue lo que probablemente le pasó a Piatti en el Almería, donde sin duda brilló, y lo que le permitió saltar en poco tiempo a un escenario muy exigente tanto en cuanto a resultados como en la forma en la que se consiguen. Así que no fue tan sorprendente que sus primeros años en el valencia fueran decepcionantes. Tanto fue así que llegó a estar de facto fuera del equipo, roto y falto de confianza. Hasta que se juntaron dos condicionantes milagrosos para él: su pareja y el regreso de un contexto favorable. El que su novia se encontrase muy bien en Valencia y que Pablo le hiciera caso en vez de hacer lo que todos esperábamos y probar las mieles del fútbol francés fue algo totalmente anecdótico y circunstancial, pero el caso es que permitió que Piatti aguantara una situación en la que no tenía minutos y aprendiera de ella. La llegada de Pizzi hizo el resto.

Cuando Pizzi aterrizó en Valencia en la segunda parte de la temporada, Rufete y él se encargaron de revertir todas las jerarquías del equipo y empezaron a construir algo diferente, nuevo, a partir de esa pequeña revolución. Las exigencias físicas y tácticas del modelo que trajo Pizzi demandaban un perfil de jugador mucho más determinado y dinámico, capaz de presionar con una fe ciega al rival en todas las zonas del campo. Piatti, que llevaba tiempo deambulando como un muñeco roto, probablemente notó el cambio hasta en los entrenamientos. Pasaron de pedirle que “hiciera cosas” a pedirle rigor, fe y entrega defensiva. Justo lo que necesitaba, dadas sus características, para cimentar su vuelta futbolística. No pasó mucho tiempo antes de que Piatti fuera una alternativa clara en la rotación, aunque Fede pudiera tener cierta aureola de titular. Pese a todo, y pese a los pocos minutos que había tenido previamente, Piatti se adaptó bien al reto que suponía para él, tan pequeño y débil en zancada, jugar a pierna buena. Lo que hacía lo hacía con criterio y además se vaciaba en el campo. Su cuerpo no era el mismo que tres años atrás, menos liviano y más fuerte, en respuesta a su rol de escudero en un equipo en competición europea. Si Piatti siempre ha sido un jugador “simple”, es probablemente en ese contexto en el que se dio cuenta de que jamás debía intentar dejar de serlo. Se mostró muy resolutivo en su juego, trabajando activamente para conseguir que su equipo recuperase el balón en zonas ventajosas y lo filtrara sin pausas en forma de contraataques. Pablito se convirtió en pocas semanas en un activo cuando su equipo jugaba fuera de casa y a la contra. Su lectura de las situaciones defensivas y su capacidad para transitar de una zona a otra rápidamente hacían de su juego algo bastante subterráneo, poco vistoso para lo que uno espera del zurdo más bajito de la Liga, pero muy efectivo. Tanto fue así que, con 7 goles, superó su mejor ratio goleador si tenemos en cuenta los minutos disputados. Muchos de sus goles, además, fueron goles decisivos. Piatti había descubierto al fin cómo un jugador de sus características podía brillar en un equipo puntero.

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Con éste camino recorrido llegaba Pablito a una pretemporada que se antojaba difícil, en la que se tendría que enfrentar con jugadores mucho más “complejos” (o más completos) como De Paul, Rodrigo o Carles Gil. No obstante, volvió a triunfar la simplicidad, algo que a estas alturas no debería sorprendernos tanto, ¿Verdad? Piatti tuvo la gran suerte de ver llegar al Valencia un técnico pragmático y que ha querido basar todo su discurso en el pressing y no en la salida limpia desde atrás. Nuno ha preferido desde el principio que su equipo domine al rival a través de las opciones que él le regala, no a través de dónde su equipo tiene la pelota. Éste hecho es fundamental y es lo que explica el sentido del artículo que estáis leyendo. Nuno utiliza la presión para dos cosas: para influir en la dirección del pase rival y para robar donde él prefiere. Para Nuno, presionar para robar sin más es un contrasentido, lo que busca es presionar para que el rival se desordene con el balón y al mismo tiempo que sus recuperaciones nazcan ordenadas. Si las contras no nacen “bien paridas” y los jugadores no están preparados para fluir después de cada robo y saber qué deben hacer, su sistema le lleva a fases de juego muy discontinuas donde sus jugadores están cada vez más desconectados. Y eso pese a que lo que propone Nuno tiene riqueza y es interesante, y hasta promete. El problema está en que, de momento, no ha conseguido que sus jugadores interioricen su mensaje de manera constante y efectiva. Algo absolutamente normal a estas alturas de la temporada en una plantilla tan joven y bisoña. Necesita aliados, campeones en fe, abnegación y sencillez. Me imagino que, llegados a este punto, sabréis por dónde van los tiros: en ésta categoría deberemos clasificar a Piatti.

Si me metiera en la cabeza de alguien que sólo se fija en lo bueno que es un jugador “a palo seco”, no entendería por qué Nuno se ha empecinado con Piatti. ¿Por qué no incorporar en su lugar a un jugador mucho más académico para los tiempos que corren como Carles Gil o De Paul? ¿Por qué ni siquiera se ha sondeado el amplísimo mercado de jugadores de banda disponible? La respuesta está en la cabecita de nuestro héroe, en su capacidad para leer la posesión rival en su fase de construcción y de trazar un pressing inteligente. También se encuentra en su habilidad para la anticipación y en el cuándo consigue el robo. Sumado a esto, su lectura en las contras es francamente buena. Sabe cuándo hacer sufrir al jugador que le persigue, lo que garantiza que forzará la falta o conseguirá una conducción muy vertical que permita posicionarse a sus compañeros. Sus ocasiones contra el Sevilla, siempre a la contra tras robo, o ante el Málaga, con conducciones venenosas en el momento preciso, nos hablan de un jugador que ha cambiado mucho en los últimos años y ha sabido maximizar las áreas de su juego en las que marca diferencias. A todas estas situaciones, complejas hasta el infinito, Piatti se enfrenta con un libreto sencillo, que ya conocemos: “Si me la quitás, te haré correr. Si metés pierna, será tarjeta. Si la cedo, será mejor que me sigás. Santíguate si me desmarco entonces. Y mira, sólo vos jadeás, amigo.”

En el microcosmos táctico de Nuno, en la traslación de sus ideas al campo, un jugador asociado a conceptos cristalinos y de ideas fijas como Piatti es una pieza fundamental. Quizá incluso más importante que con Pizzi, al menos hasta que Nuno consiga trasladar a toda su plantilla las ideas fundamentales de cómo quiere jugar. Nuno, con él en el campo gana la capacidad de pasar del repliegue a la presión más intensa en cuestión de segundos. Es un entrenador que se debe a que sus jugadores lean muy bien el juego sin balón y puedan pasar a jugarlo con criterio en décimas de segundo. A Pablito le tiene que explicar poco o nada: él ya aprendió a jugar así la temporada pasada, con el 2 a la espalda y para satisfacción de su chica. Pablito se buscó un lugar para brillar en un grande. Ha sido el gran aliado de Nuno en la fase más crítica de cualquier proyecto deportivo. ¡Ay! ¡Pero cuánto le debemos a la novia de Piatti!

3 Comments

  1. Hoeman hoeman 14/09/2014 Reply
  2. Juliovcf 14/09/2014 Reply
  3. Some 14/09/2014 Reply

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