El último gran héroe

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– Detén tu mano, amable Príncipe.

– ¿Quién dijo que fuera amable?

Con estas frase y el posterior metralletazo, se puede resumir una de las mejores interpretaciones modernas del shakesperiano Hamlet. Una gran escena: después de que nuestro héroe rajara un tapiz en dos con un revés de mandoble, a un sabio y galante cortesano – bien ataviado con su gola almidonada- se le había ocurrido brotar de entre los jirones de la tela y pedir urbanidad.

– ¿Urbanidad? ¿A Hamlet? Pues normal que se llevara una rebanada de uzi.

A alguien que acaba lanzar a Claudio a través de una vidriera por matar a su padre no se le pide urbanidad de ningún tipo. No habrá cuartel a no ser que seas menor de catorce, perrete o gatete. ¿Que eres un muy digno portavoz de la educación que se escondía tras un tapiz mientras el cachas de Hamlet mataba a diestro y siniestro? Lo tuyo va a ser acabar como la excusa perfecta para un one liner.

– ¿Ser, o no ser?

Arnie se enciende el puro, absorbe el humo, reflexiona.

– No ser.

Todo explota por los aires.

Ya en la escuela, Nicolás Otamendi tenía madera de héroe de acción. Todo el mundo sabe que Nico la liaba muy parda en el cole. Tenía que rendir cuentas de manera habitual en el despacho del director del centro, que siempre le regañaba por haber causado destrozos en el edificio y sus aledaños. Pero él, imposible de siempre le exponía el por qué: esos coches habían volado por los aires en una persecución con los matones de Primero, lo del laboratorio de ciencias era el resultado de una redada contra el clan de los esnifadores de pegamento infantiles; y había salvado a los de parbulitos de la trata de mocos. Al final el director lo mandaba un poco a la mierda pero aceptaba sus motivos. Así fue la infancia de Otamendi.

Lo normal hubiera sido que una vez graduado, Nicolás se hubiese metido de lleno en el mundo del heroísmo noventero. Todo su entorno – incluso el director del instituto- estaba convencido de ello. Pero no pudo ser, porque los 90 se habían largado son su gloria y sus relojes Casio, y ahora los actores de tiros se tomaban en serio y no querían salir en una escena sacándose una linterna de la nariz. Por mucho que a todo el mundo le pareciese absurdo, la lucha contra el mal había cambiado: para combatirlo había que ser guapo y muy digno, y seguir al pie de la letra un absurdo guión de Nolan con giros innecesarios y un final que… meh. ¿Un protagonista sin miedo de mancharse las manos y la camiseta de sesos de malo? ¿Un tipo capaz de lidiar con dos perros de presa peligrosísimos golpeando en un solo movimiento sus cabezas entre sus dos manos desnudas y mandándolos a dormir? Eso ya no vendía, por mucho mérito que tuviese y por muchas vidas que salvara.

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Así que Nico se fue al fútbol.

Nico se fue al fútbol y se dijo que los grandes héroes ocupan el espacio central del plano, así que solo podía ser delantero centro o defensa impenitente. Escogió lo segundo, porque sabía que la tentación de la filigrana era más fuerte jugando allá delante. Porque él quería mantener la esencia de lo que era: su rigidez argumental y física era innegociable, y solo se daría el lujo de ser elástico porque Van Damme lo fue en Lionheart.

– ¡Grand écart y puñetazo en los cojones!

Exacto. Y one liner después, fijando la mirada en los ojos de la víctima deshuevada.

Futbolísticamente el pequeño Otamendi creció hasta convertirse en un toro, como no podía ser de otra forma. Nico siempre ha amado el vivir al límite y el utilizar su cuerpo como lancha motora, pared u obús. A veces como un elemento que es lancha motora-pared-obús al mismo tiempo y todo a la vez, con brazos giratorios. Él pertenece a esa venerada estirpe de centrales culturistas de cuello corto y mirada serena y eso implica una manera de jugar muy determinada. ¿Habéis visto a Arnie correr más de cincuenta metros? No, y no querréis hacerlo. NO debéis hacerlo. Lo mismo les pasa a los centrales que hacen ciclos de crecimiento, y podemos estar seguro de ello porque a Otamendi sí le hemos visto recorrer esas distancias: no es bonito de ver. Su cuerpo, tan duro que duele el verlo, al metro cuarenta y nueve pierde toda su consistencia. De golpe a Nico le aparece una lordosis bambolenate en la espalda, los muslos le ceden y la barriga se adelanta al mentón. Eh, que es un héroe de acción, no el David de Miguel Ángel. Puedo afirmar, en cambio, que esa tremenda capacidad física de Nico cobra todo su sentido en espacios reducidos. Otamendi domina lo explosivo.

– El trinitrotolueno…

No, me refiero a que es superior a la mayoría de sus rivales en cualquier acción que en la que no tenga que estirar su esfuerzo más que unos pocos metros. Ahí, es inconmensurable y no solo porque sea físicamente portentoso – aunque limitado en otras facetas- sino porque va mucho más allá. Se trata de un central técnicamente muy competente; bueno en los centros laterales, mejor incluso en la anticipación, supremo cuando le toca ir al cruce. Además, parece que incluso es capaz de arrastrar a los demás en su vorágine de segadas casi suicidas, bloqueos de stuntman y cortes en el último segundo. Nico parece liderar en sufrimiento a los demás defensas. Los hace llegar un poco más allá, quizá en un ejercicio de orgullo. Quizá. Es más probable que asustados por las consecuencias de no hacerlo.

Y luego están los córneres en ataque. Ahí sencillamente es uno de los mejores del mundo, sin más. Es todos los papeles de Arnie y alguno de Stalone también. Su lectura de los espacios es buena, su ejecución, mejor. Le gusta ir al primer palo porque así va de cara, y saca a relucir toda la explosividad de la compacta corpulencia de sus relativamente escasos 183 centímetros. Cientochentaitrés. No es una altura rotunda a la hora de ser un central, ni a la hora de ir de cabeza. Hay que calcar el movimiento desde la pizarra al césped y tener una determinación tungsténica, sabiendo que el gol está ahí si no hay pestañeo. Si lo habéis probado, si lo tenéis fresco, sabréis de la dificultad que entraña. Todo empieza unos metros retrasado, luego, un sprint breve siguiendo el arco que le zafa de su marcador, los muelles en los cuádriceps, el salto y el golpeo. El giro de cuello es opcional, pero se suele dar. Es una hazaña, el córner es una hazaña que se vive y nace y muere en tres segundos. Tres segundos que son la esencia del fútbol de muchos. Que se lo digan a Nico, que los hace eternos. Y luego se enciende el puro de la victoria.

– ¿Ser, o no ser?

Y luego, explosiones.

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