De las canicas, el autoguardado y la redención

 

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Desde que tengo consciencia de mi mismo le he dedicado mucho tiempo al fútbol. Una barbaridad. Recuerdo que mi juguete favorito eran las canicas. Con una canica y dos muñecos más podía montarme mi partido en la alfombra del salón. Creaba equipos, derbis, cuadros y clasificaciones. Pasé un verano en Brasil cuando tenía 8 años, ¿imagináis lo que llevaba en la maleta? El Hulk Hogan que me compró mi madre en aquella lojinha hacia unas chilenas tan hipnóticas como anabolizadas.

Como a muchos, la cosa balompédica me abdujo muy joven. Siempre me ha fascinado esa sensación de sentir el fútbol de cerca, de identificarme con alguno de sus actores. Y aunque por varias razones esa pasión visceral se ha calmado con los años, no pude evitar esbozar una sonrisa el pasado mes de febrero. Esa pequeña satisfacción que surge cuando el universo futbolístico, ese Olimpo de guerreros herculianos y clarividentes, se vuelve terrenal y cercano.

«¡¿PERO TU ABUELA NO ERA DE LIVORNO?!» El desesperado grito resonó por todas las esquinas de Valencia.

Francisco Rufete, en un más que evidente homenaje a todo buen onanista del Football Manager, acababa de enterarse de que su último fichaje no contaba con pasaporte comunitario y de que su inscripción era inviable. En el juego esto tiene fácil solución: Cierras sin guardar, vuelves a abrir y entre silbidos retomas la partida. Así evitas dejar sin ficha al brasileño de peinado ridículo que te habías traído por todo el presupuesto anual. Por desgracia, en la vida real hay autoguardado. Por mucho que queramos evitarlo no podemos escapar de las consecuencias —sin ser un concejal o empresario afín al poder fáctico, claro—.

El fútbol tiene autoguardado y, como en toda creación humana, en él tienen cabida todos los errores, golpes y fantasmas. Aquí los hemos vivido todos. En una especie de afán autodestructivo en el que a mí, como a muchos, me arrebataron parte de aquella sensación tan arraigada en aquél chaval de las canicas. Los comprometidos partían, los inoperantes se quedaban y el equipo perdía todo lo que en algún momento sentí como mío. «Joder, que hubo un tiempo en el que veía a Marchena todas las semanas, ¡dos veces!». El error de Rufete era insignificante, uno de tantos. Y pudo ser peor, hubo un instante dentro de esa enajenación en la que llegamos a sopesar ceder a nuestro mayor talento.

El otro día mi novia me echó en cara algo de hace tres meses. Las mujeres también tienen autoguardado, más que cualquier otra cosa en el universo conocido. Pero suelo salir a flote. Quizás por eso algo ha cambiado en Valencia y las cosas van bien. Por eso Alcácer sigue marcándolos en su casa y no perforando las redes de azulón. Por eso Rufete apunta a convertirse en un excelente Manager General. Por eso Piatti abandonó la grada para celebrar los goles desde el verde. Porque de los errores se aprende y hacer las cosas bien siempre está a nuestro alcance. Y es que el autoguardado también sirve para no perder las buenas decisiones, que también traen consecuencias. Como que el equipo haya vuelto a escena. O que, al fin, yo vuelva a sentir la ilusión que perdí hace un lustro.

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